Revista Dedal de Oro N° 63
Versión electrónica de la Revista Dedal de Oro. Nº 63 - Año XI, Verano 2013

LINTERNA-TURA : TREN

EL TREN DE LOS SUEÑOS
ESTE TEXTO PARTICIPÓ EN EL CONCURSO NACIONAL DE CUENTO CAMPESINO ORGANIZADO POR EL GOBIERNO DE CHILE A TRAVÉS DEL MINISTERIO DE AGRICULTURA Y FUE PRESENTADO A DEDAL DE ORO POR MANUEL ANTONIO OLAVE HERRERA, COLABORADOR DE LA REVISTA. SU PUBLICACIÓN FUE AUTORIZADA POR DON HERNÁN BUSTOS, HACIENDO MENCIÓN A LA FUENTE.

DIBUJO : NATALIA OSORIO B. (9), 3º BÁSICO, ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

NATALIA OSORIO B. (9), 3º BÁSICO,
ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010



DIBUJO IRENKO ORELLANA M. (9), 4º BÁSICO, ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

IRENKO ORELLANA M. (9), 4º BÁSICO,
ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010



DIBUJO : ALYNCAY QUEVEDO Z. (10), 4º BÁSICO, ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

ALYNCAY QUEVEDO Z. (10), 4º BÁSICO,
ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010



DIBUJO : CARLOS RÍOS R. (12), 7º BÁSICO, ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

CARLOS RÍOS R. (12), 7º BÁSICO,
ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010



DIBUJO : MIGUEL ULLOA (13), 6º BÁSICO, ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

MIGUEL ULLOA (13), 6º BÁSICO,
ESCUELA EL MELOCOTÓN, AÑO 2010

En un pueblo del Cajón del Maipo llamado El Melocotón, vivía una niña llamada Azucena. Tenía diez años. Siempre esperaba la pasada del tren al fondo de su casa, por donde pasaba la línea. Ella y sus hermanos corrían al sentir la bocina del tren a lo lejos, para verlo pasar, y soñaba con algún día poder viajar y sentir y experimentar lo que significa viajar en tren.

Un día su mamá les dio una gran sorpresa, les dijo: "Niños, preparen todo para mañana porque viajaremos en tren". Azucena casi no durmió pensando en lo bello que sería el viaje tan soñado y esperado. Cuando llegó el otro día, ella fue la primera en levantarse y preparar todo para el viaje. A las nueve en punto ya estaba en la estación a la espera del tren. Cuando sintió la bocina a lo lejos, su corazón parecía que se iba a salir del pecho de tanta emoción, y cuando por fin pudo estar sentada al interior del tren esperando la partida, su corazón ya pudo estar más tranquilo, aunque muy impaciente de que partiera pronto. Por fin el tren estuvo en movimiento y se despidió con un gran bocinazo. Así comenzaba el viaje tan soñado por Azucena. Partía desde la estación del Melocotón hasta El Volcán, pasando por todas las localidades que hay entre estos dos pueblos. El paisaje era muy hermoso, con mucha vegetación, imponentes montañas y el río largo e interminable. En cada pueblo se detenían, donde subía y bajaba la gente, mineros, campesinos y muchas familias, todos disfrutando de las bondades de este hermoso Cajón. Azucena disfrutaba mucho, junto a sus hermanos, de este soñado paseo en tren. No se despegaba ni un rato de la ventana, mirando todo a su alrededor, guardando todo en su memoria para después contárselo a su papá y a sus amigos. ¡Cómo le hubiese gustado ir con todos ellos, para que cada uno sintiera lo que ella estaba experimentando en aquel momento, una inmensa alegría! Cuando pasaba por los pueblos se acordaba de las historias que le contaba su abuelito Antonio. Siempre que su abuelito le contaba una nueva historia, Azucena cerraba sus ojos y se imaginaba que ella era la protagonista de esas historias.

Un día, viajando en el tren, cerró los ojos para ver si le resultaba estar en una aventura como en las historias de su abuelito. Cerró los ojos solo unos minutos y ya estaba en una nueva aventura, imaginándose entre árboles, ríos, pájaros y animales que ella veía a lo largo del viaje. Se imaginaba siendo un hada como las de los cuentos que le contaba su mamá. Era un hada muy buena y bondadosa, convertía el tren en un gran circo en el cual viajaban, payasos, leones, elefantes y malabaristas. El tren circo pasaba por todos los pueblos parando en cada estación y brindando alegría a todas las familias. El hada con su varita hacía aparecer miles de juguetes para regalar a todos los niños que salían al paso del tren. Otro día volvía a cerrar los ojos y se imaginaba que estaba en un parque de entretenciones, como los que veía en las revistas en casa de su tía Emilia. Veía a los árboles como enormes palitroques, los que derribaría con las grandes pelotas que ella veía en las rocas. Los cerros eran una gran montaña rusa. El río lo veía como ese carro que corre por el agua. El túnel Tinoco era la casa del terror, donde ella cerraba más fuerte los ojos para que no se fueran a abrir y ver los monstruos que allí había. En otro de los viajes se encontraron con unos arrieros llevando muchas vacas. Ella cerró los ojos y se vio en una hacienda rodeada de muchas vacas, caballos, ovejas, gallinas, patos, gansos, conejos y cerdos. Junto a su papá, mamá y hermanos, recorría la hacienda, todos montados a caballo. Otro domingo, otra aventura. Esta vez cada pueblo que pasaba le parecía un pequeño reino al cual ella debía salvar del enorme y malvado dragón. Los árboles los veía como enormes gigantes, cada roca era una enorme montaña que cruzar, los cerros grandes murallas que encerraban todos los pequeños reinos, el río una gran lágrima que salía de los ojos del enorme y malvado dragón, que se quería apoderar de los pequeños reinos. El túnel Tinaco era el reino de hadas y duendes.

Un día de esos tantos domingos de viajes venía en el tren un muchacho que a Azucena le llamó mucho la atención. Él era de rulos color miel y ojos color azul, azul como el cielo del Cajón del Maipo, y tenía una hermosa sonrisa blanca, blanca como la nieve que cubre las montañas. Se llamaba Renato. Con el pasar del tiempo, en los viajes en tren se fueron haciendo amigos y cómplices, ya que él acostumbraba también a viajar. Las aventuras con Renato se fueron haciendo más entretenidas. Ahora los árboles los veía como enormes bosques por donde tenían que cruzar sorteando toda clase de peligros. Tenían que pasar por un puente colgante que cruzaba el gran río de aguas puras y cristalinas, en el cual nadaban una serie de peces de colores, para poder llegar al castillo que se encontraba en la cima de los cerros rodeado por animales y merodeado por cóndores. Otro domingo, otra aventura. Ahí eran dos vaqueros que luchaban contra los indios para defender el fuerte. Los cactus que existían en el camino eran los indios, los árboles eran el cerco que encerraba el fuerte.

Así cada domingo, una tras otra aventura. Fue pasando el tiempo, los años. Azucena y Renato ya no eran niños, eran adolescentes. Ya no vivían las mismas aventuras, ahora solo disfrutaban del paisaje y conversaban infinitamente sentados siempre uno junto al otro. Ya no se miraban con esa mirada inocente de niños. En cada viaje que siguió se fueron enamorando.

Al pasar el tiempo fue disminuyendo la pasada del tren. Ya casi no pasaba, hasta que un día se informó que el tren ya no podría seguir pasando. Azucena se puso muy triste porque ya no podría seguir sintiéndose una heroína salvando los pequeños reinos en las grandes aventuras que tenía al viajar en tren, pero sobre todo lo que más le apenaba era que ya no volvería ver más a su amado Renato.

Después de treinta y cinco años, Azucena estaba casada con su Renato y tenía tres hijos, a los cuales siempre les contaba de sus lindos paseos en tren y de las grandes aventuras que en él vivió, y de cómo se conoció con su esposo y papá Renato.

Un día, al estar sentada en su casa leyendo un libro, escuchó a lo lejos la bocina de su querido tren. Dejó el libro y salió muy deprisa a ver de qué se trataba. Al llegar a la vieja estación, grande fue su sorpresa al ver unas viejas locomotoras y unos añosos carros de tren. Decían que eran para un museo que estaría en la localidad de El Manzano y que aquí en la estación los repararían para luego llevarlos al Manzano, donde funcionaría el museo, y el tren tendría un pequeño circuito. Azucena se puso muy contenta con esta inesperada noticia.

Transcurrido el tiempo, se formó una Agrupación en la Estación El Melocotón, llamada Ave Fénix, la cual logro el gran milagro: poner otra vez en funcionamiento su querido tren. Era un tramo pequeño que recorría por dentro la estación. Se fueron reparando uno a uno las locomotoras y los carros. Azucena se sentía muy feliz con el avance de esas reparaciones y esperaba ansiosa el día en que el tren volviese a funcionar. El día en que esto ocurrió fue tal su alegría y emoción al ver rodar por los rieles su querido tren y tocar su fuerte bocina, que no pudo dejar de sentir las lágrimas rodar por sus mejillas. Ver la orgullosa locomotora y su elegante carro, listo y dispuesto a hacer sentir a los niños y adultos que se venía una nueva y gran aventura.

 
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