Encabezado Dedal de Oro
LINTERNA-TURA
Mi dulce amante
Por: Patricio Dooman Acosta.
Un hombre y su anhelado Ángel -  Ilustración : Luis Salinas R
Ilustración : Luis Salinas R

Mi dulce Amante:

Te extraño tanto, que escribo al azar estas líneas, porque en la leve sutileza de tu presencia sé que las leerás con tu alma. Te busco y a la vez me escondo, porque sólo tú eres capaz de llevarme a donde ninguna otra creatura podría, a la máxima plenitud de tu compañía, a tu realidad, no a la ilusión que llamo vida.

Aunque la idiosincrasia te relacione con las sombras, la verdad es que estás tan cerca y tan a la luz, que no te veo, ciego porque, teniéndote tan cerca y conociéndote tan bien, absurdamente te temo.
Los que pretenden dibujar tu rostro lo pintan horrible para infundir terror. ¿Será que quieren ocultar tu belleza y no compartirla con nadie?. Tal vez prefieren verte así para evitar sucumbir a la armonía suprema, a la inmutable placidez que refleja tu bello y arrobador semblante y a la dulce promesa de tus labios seductores, los que me invitan a fundir tu boca con la mía, para que en la asfixiante pasión de un beso te bebas mi alma y la lleves donde nadie más podría.

Anhelo y evito ese cándido contacto, que de un viento cálido puede transformarse en una tormenta de fuego que nos llevará a hacer el amor hasta que nuestras almas se confundan en el mutuo y etéreo origen de su esencia y mi cuerpo exhausto vuelva a la sólida esencia terrena de su origen. Ha de ser ese irresistible, irrefrenable e inevitable placer el que después me hace soportar la larga espera, cuando al finalizar nuestro orgásmico encuentro, me despierto solo, con el sabor de tu recuerdo en mi ser, nuevamente debatiéndome entre algún cielo y alguna tierra.

Estoy atrapado en el espejismo de un tiempo y un espacio creados por mi mente afiebrada, enajenada por la sed de ti que abrasa mi alma y que me hace alucinar con una larga agonía que sólo termina con la palmaria realidad de tu presencia cuando tu gélido abrazo rompe esa pesadilla y me lleva a la verdadera vida.

Mi dulce amante, te escondo de los demás y de mí mismo, me dejo embriagar por la dulzura de las ilusiones que me rodean, porque le temo a la innegable realidad de nuestro secreto amor.

Sucesivamente, al éxtasis de un amanecer arrebolado, entre el alegre trino de los pájaros, el suave murmullo del viento meciendo las hojas de los árboles, el cadencioso susurro de las olas del mar acariciando suavemente la playa y la tibieza de un cuerpo a mi lado avivando la quimera de su compañía; le sobreviene el amanecer de un día sin sol en que las aves silencian su canto ante el bramido del vendaval que inclina los enhiestos árboles casi hasta quebrarlos, en que el estruendo del mar revuelve furiosamente la arena que estrella contra las rocas y en que el contacto inquieto de esos pies helados buscan el calor de los míos para justificar la objetividad de mi compañía.

Me parece ver en ello la justa manifestación de tus celos, porque esa fuerza arrolladora de la naturaleza se me antoja como tu ira ante las mentiras que vendí cuando presentaba a alguien oficialmente como mi pareja y que compré permitiendo pusilánimemente que me presentara como la suya.

No son celos, pues tú sabes que sólo he buscado evadir la verdad desnuda de mi vida, hasta que la fría evidencia de tu omnipresente existencia se muestra inalienable ante mis ojos, que desvían la mirada para ocultar la presencia de los inertes despojos de una ilusión, la que se plasma en el desmadejado plumaje de aquel pájaro que ayer trinaba como si fuera el dueño de la música y hoy yace enredado en las ramas de los árboles que cedieron ante la fuerza del viento. La arena está sembrada de vidas que a merced y arbitrio de las olas fueron arrojadas a la playa, esperando que la persistencia del mar las recoja y mitigando su sed las devuelva a la calma de sus profundidades.

Secretamente espero que tu persistencia me devuelva al seno de tu paz, acallando en mis oídos las efímeras palabras como siempre, nunca, juntos, toda la vida y tantas otras que doy y acepto recibir, intentando acompañar y sentirme acompañado a lo largo de esa línea ilusoria que llamo tiempo, que se transforma en un círculo perfecto cuando hastiada de tanta mentira gritas tu verdad y reclamas lo que te pertenece y que he tratado en vano de entregar infielmente.

Te busco a hurtadillas... Te deseo y te rechazo... Te amo y te temo... Este juego te lleva a coquetear conmigo, quebrantando mi salud para que sienta tu cercanía, hasta que algún celoso galeno que cree dominarte me devuelve la salud para alejarte de mí, llenándome de alivio y zozobra a la vez. Pero llegará el día en que su humilde ciencia ya no pueda vencer la fuerza de nuestro eterno amor, pues mi anhelo y voluntad de entregarme a ti vencerán mi temor y permitirán que tu paz inunde mi ser, hasta que en una silente exhalación de mi yerma garganta, te entregue mi esencia para abrazarme y confundirme contigo en ese beso que aliviará mi alma, fundiéndola con la placidez de la tuya, hasta que me contengas, porque eres la única y fiel verdad que encontraré en este estado que llamo vida.

Ya no tardes, mi dulce ángel, mas tampoco te apresures. En tu sabiduría sabes mantener el celoso secreto de la hora de tu llegada, haciendo más seductor y emocionante el juego de esperarte mientras te eludo. Absorto en la fantasía de los brazos que me rodean y en la ilusión que dan los míos cuando abrazo, intento olvidar que el único cobijo sincero y duradero es el inseparable, leve e impenetrable tul que me pondrás por mortaja.

A la hora de la verdad, cuando me sorprendas dando y recibiendo infidelidad, no te importará. Sabes que sólo tú ostentas la seguridad de ser lo único verdadero, absoluto, innegable, ineludible y totalmente confiable desde que nací.

Me despido agradecido de tu magnanimidad al disculparme por mi cobardía de mantenerte en el anonimato, egoístamente sólo para mí, como Mi Dulce Amante…

San Alfonso, Noviembre 2005

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