Revista Dedal de Oro N° 60
Versión electrónica de la Revista Dedal de Oro. Nº 60 - Año X, Otoño 2012
LINTERNA-TURA
El automóvil
Carlos Moreno Lara
Que el humano moderno revela mucho sobre sí mismo cuando conduce un vehículo automotriz, es algo bastante conocido, pero también revela bastante sobre el grupo social en que vive. Por ejemplo: hace ya muchos años viajaba yo, como pasajero, en un autobús de recorrido urbano en Santiago de Chile, uno de aquellos que nosotros llamamos "micro", abreviando la palabra "microbús". El conductor era un hombre de mediana edad que se mostraba afable y cordial con los pasajeros; sonreía. Lo menciono porque lo recuerdo bien, pese a los años que han pasado. Además, no era una actitud frecuente en los conductores, generalmente neuróticos, cansados, huraños. Las horas de trabajo eran largas, la tensión constante y la paga exigua. En uno de los paraderos quedamos detenidos detrás de una "liebre". Este era otro tipo de vehículo de transporte público, bastante pequeño, con una capacidad para quince pasajeros aproximadamente. Sucedió que la liebre demoraba su salida del paradero, lo que a su vez demoraba la de nuestra micro, fastidiando a nuestro conductor, quien, con la bocina, instaba al de la liebre a partir. Como el conductor de la liebre no obedeció instantáneamente, nuestro chofer movió intencionalmente la micro, que golpeó a la liebre por detrás. Aunque a poca velocidad, el
impacto fue brusco, causando daños menores en la parte trasera de la liebre. Acto seguido, nuestra micro retrocedió levemente para luego adelantar a la liebre, cuyo conductor descendía para comprobar el daño. Se había cometido, en nuestra presencia, un acto doloso, aunque no muy serio, pero inaceptable en un servidor público. Dos o tres paraderos más adelante la liebre nos alcanzó y el conductor de ella, habiendo aparcado detrás de nosotros, se aproximó a pie y por la ventanilla izquierda, que estaba abierta (era un hermoso día primaveral, luminoso, asoleado), pidió a nuestro conductor que descendiera para responder por los daños causados. Este, a su vez, decidió ignorar completamente el asunto; ni le miró ni contestó, mientras, con toda calma, procedía a recibir pasajeros, indicando con su actitud que el asunto no merecía ser atendido, aunque el chofer "liebrero" repitió su petición. Pasaron unos pocos segundos y nuestro conductor se disponía a partir, cuando el de la liebre quebró el foco delantero izquierdo de la micro con una llave inglesa, que todo el tiempo había tenido en su mano. Se había cometido una segunda injuria, esta vez más seria, por parte del conductor de la liebre, quién había concluido que era la única forma de saldar la deuda. En ese momento se produjo un cambio radical en la actitud de nuestro chofer, quién enganchó en primera y aceleró saliendo hacia a la izquierda con el claro propósito de arrollar al de la liebre, que a duras penas pudo eludir la embestida dando un salto hacia el costado. Habíamos sido testigos de un claro intento de homicidio. Pese a ello, la micro continuó en su recorrido con aparente normalidad, aunque el conductor perdió su sentido del humor, lo que no es sorprendente. Más difícil de explicar es el silencio total entre los pasajeros tras el incidente, puesto que no hubo ni un solo comentario entre nosotros (si lo hubo, no lo escuché). Yo me quedé pensativo, pero lo que acababa de ver no me asombró en absoluto, como si cosas así pasaran todos los días en nuestra presencia; lo que ciertamente no ocurría. Creo probable que todos nosotros, los pasajeros, sabíamos por las noticias diarias y comentarios de terceros que esas cosas, y peores, ocurrían con el transporte vehicular santiaguino.

Un conocido mío conducía un coche que fue arrollado en forma violentísima por una micro que viajaba a gran velocidad. El accidente dejó para siempre inválida a su esposa. El dictamen judicial exoneró de toda culpa al conductor y ni siquiera hubo pago compensatorio. Pareciera que el chileno promedio, por las circunstancias de ese tipo que le rodean, acepta aquel tipo de conducción como parte del diario vivir y responde de tal manera cuando él, personalmente, va al volante. Y claro que es parte del diario vivir. Yo lo he visto en algunos conocidos y parientes. Lo que no significa que sea absolutamente general. Simplemente ocurre con una frecuencia inaceptablemente alta y da cauce a una actitud irrespetuosa y prepotente con otros conductores y con los peatones. También la he observado en otros países, aunque suelen agregarse otros componentes, como el chulesco "nadie me va a decir ¡a mí! cómo conducir", que se ve mucho entre españoles, incluyendo algunos expresidentes de gobierno.

Quiero ahora contrastar relatando otra historia personal, esta vez de nuestros primeros tiempos en Londres, un período muy especial en que uno tiende a ver todo con una perspectiva diferente. Nos desplazábamos en coche, lentamente por el North Circular Road, que es una ruta muy utilizada y ese sábado por la mañana estaba simplemente atiborrada, en ambas direcciones, con vehículos de todo tipo. Tal como en la historia santiaguina que acabo de relatar, el día era asoleado y hermoso (¿un poco raro, no les parece?). En aquel trecho, la ruta era ancha, con tres pistas en cada sentido, parques y lagunitas bien cuidadas junto a la ruta, como invitando a dejar el coche y hacer picnic. De pronto, el movimiento de vehículos, en el sentido en que viajábamos, se detuvo completamente, aunque los automóviles y camiones delante de nosotros siguieron su lenta marcha. Algo había ocurrido, pero desde el carril central que nosotros ocupábamos nada anormal se veía. Detuve el coche, pero más bien por instinto de imitación que por otra razón, al igual que lo habían hecho los dos vehículos a nuestra izquierda, uno de los cuales era un camión (hay que recordar que en esas tierras se conduce por la izquierda). Segundos después se aclaró el misterio: una pata, con sus patitos, había decidido que era hora de bañarse, pero la lagunita estaba al otro lado del camino. Esto no fue impedimento para esta madre decidida -y aparentemente al tanto de sus derechos "p(e)atonales"- que entró con tranquilidad a esta vía atestada de monstruos rugientes. Pausada y orgullosamente cruzó la dama pata, seguida, en fila india, por una docena de patitos. Cruzaron el resguardo central y la misma escena se repitió para los coches que iban en sentido opuesto. Nadie chistó, nada de bocinazos, tan solo una serie de conductores que, con humor y paciencia, esperaron hasta que todos los patos estuvieron a salvo, al otro lado y en el agua, para continuar la marcha.

Ambos eventos ocurrieron entre treinta a cuarenta años atrás, de manera que fueron casi contemporáneos entre sí. Muchos años después, en una de mis visitas a Santiago de Chile, conducía yo un automóvil y tuve que ingresar a una gasolinera. Cuando cruzaba la zona peatonal tuve que detener el auto para dejar pasar a una madre que empujaba un cochecito con un bebé y llevaba otro hijo de la mano. Detrás de mí, un coche me seguía hacia la gasolinera y su conductor protestó, furibundo, con su bocina. Evidentemente, yo estaba retardando su marcha y abusando de su tiempo. Se supone que la única acción aceptable que yo debí tomar, era arrollar a la joven madre y sus dos hijos. Me pareció que las cosas no habían cambiado mucho desde los tiempos de la primera historia.

Sociólogos y antropólogos: creo que hay material para comparar notas, ¿verdad? Puede ser importante para la paz mundial.

Medina Sidonia, mayo 2009.

Carlos Moreno nació en en Santiago de Chile en 1939. Es doctor en
bioquímica, Universidad de Chile, Facultad de Química y Farmacia.
Vive en el Reino Unido desde 1973 y regularmente visita Medina
Sidonia, en Andalucía, España.

Artículo Anterior Ver Artículo Siguiente
Volver a Inicio
Ponga su aviso aquí, será visto por más de 13.000 personas. Ponga su aviso aquí, será visto por más de 13.000 personas. Ponga su aviso aquí, será visto por más de 13.000 personas. Ponga su aviso aquí, será visto por más de 13.000 personas.