Versión electrónica de la Revista Dedal de Oro. Nº 57 - Año IX, Invierno 2011
HISTORIAS DE UN HUASO ARRIERO
TODITOS ERAN DE ACERO...
ARGENTINA Y CHILE, UN MISMO PUEBLO
HUMBERTO CALDERÓN FLORES

Como lo decía en otra narración de esta prestigiosa revista, esta hermosa cordillera en que estamos inmersos guarda historias o secretos que con los años se han perdido al ser guardados por sus participantes o porque con el tiempo se han olvidado. Éstas han sucedido en los valles, quebradas, ríos, por faldeos de la imponente montaña surcada por senderos de difícil acceso y que muchas veces se han marcado por el paso de animales domésticos o silvestres, o por el paso del ser humano, ya sea por aventura o trabajo de los muchos arrieros que cruzaban de un lado a otro en busca del sustento para ellos y sus familias.

Este tránsito cordillerano se realizaba principalmente en verano y parte del otoño, teniendo que cruzar ríos caudalosos, sólo confiando en las cabalgaduras y en lograr vadearlos con peligro de sus vidas, u otras veces capeando los temporales de viento y nieve que los sorprendía en forma intempestiva en pleno verano. Esto fue lo que le sucedió a un grupo de veintitrés arreadores de ganado del Valle de Uco, que regresaba de traer ganado a Chile. Los sorprendió un temporal y catorce murieron en el trayecto de regreso. La historia y hasta una canción del folklore argentino (ver recuadro) dicen que fueron diecisiete los arrieros muertos, pero fueron catorce de acuerdo a la realidad posterior.

El 30 de enero de 1929 un grupo de veintitrés arrieros procedentes del pueblo argentino de Tunuyán y sus alrededores, luego de haber pasado los vacunos a Chile, emprendieron el regreso por el Valle del Yeso (hoy Embalse del Yeso), que bien merece lo describa en forma sucinta: Era como un enorme potrero siempre verde, con una laguna de aguas cristalinas –la Laguna Azul- y unos pajonales enormes que cobijaban a diversas aves acuáticas silvestres (patos, taguas, pollellas, piuquenes y otros), todo este hermoso paisaje serpenteado por el Río Yeso, que recibía afluentes de aguas claras de las vertientes que brotaban a los alrededores.

El grupo pernoctó al pie de la montaña para después encarar la subida al Paso de los Piuquenes. A poco de iniciar la empinada subida, los alcanzó una tormenta de nieve y vientos huracanados que impedían el avance de las cabalgaduras. Es lo que cuenta uno de los que se salvó de la tragedia y que yo trato de resumir, según los datos dados en una publicación titulada “Valle de Uco, historia y perspectivas”, de noviembre de 1996, del compilador Pablo Lacoste (ver foto).

Al darse cuenta que venía la tormenta, se reunieron los veintitrés, intercambiaron ideas, pensaron en regresar, pero les dio miedo hacerlo en la oscuridad.

Resolvieron seguir adelante y llegar a la cumbre. Se iban turnando en encabezar la marcha. El puntero silbaba y gritaba, lo mismo que el último, hasta que hicieron un alto. Se juntó el grupo, desmontaron, juntaron sus cabalgaduras y los jinetes se pusieron al otro lado agachando la cabeza al viento y la nieve, que clavaba como aguja junto a los golpes de las piedras que levantaba el viento. No podían emprender el regreso, algunos ya estaban acalambrados.

Pero dos de ellos deciden hacerlo, arrastrándose, hasta que se les calientan las piernas. Las oleadas de viento los tapan de nieve, que deben sacudir con las manos. Caminan hasta llegar al río, que con el vapor del agua estaba libre de nieve. Se salvan y emprenden el retorno hacia Chile, donde cuentan lo sucedido. El temporal pasa y el patrón les pide volver al lugar donde quedaron sus compañeros. Allí encuentran a trece muertos, algunos con la boca abierta como si estuvieran conversando, otros agachados, cubiertos por el poncho.

Les habían advertido: “Pasen la noche en el Valle del Yeso y al día siguiente sigan camino a la cumbre”. Los cadáveres fueron traídos a Chile y sepultados en el Cementerio Parroquial de San José de Maipo, cuando el alcalde de la Comuna era el regidor señor Joaquín González. Allí yacieron hasta que en abril de 1954 los restos de doce de las víctimas fueron trasladados a su tierra natal en el Valle de Uco, donde fueron sepultados, en medio de un mensaje de admiración y dolor popular, en un humilde mausoleo construido por la Municipalidad de Tunuyán. El traslado de los restos de los doce fallecidos se hizo en pequeñas urnas de color negro, a lomo de mulas. Los restos del número trece quedaron en el cementerio local, pues era chileno. Su nombre era Modesto Méndez, y hoy se desconoce el lugar exacto de su sepultura.

Hay que aclarar que de partida eran veintitrés arreadores, de los cuales cuatro se quedaron atrás, en la boca del Valle del Yeso. Diecinueve emprenden el regreso a Argentina, de los cuales dos logran salvarse volviendo hacia Chile para dar cuenta de lo ocurrido, trece mueren a causa del temporal de viento y nieve, uno muere solo a poco de pasar el límite de ambos países y tres pasan a Argentina y no avisan de su llegada. Por esta causa, se pensó que eran diecisiete los arreadores muertos.

«...EL TRASLADO DE LOS RESTOS DE LOS DOCE FALLECIDOS SE HIZO EN PEQUEÑAS URNAS DE COLOR NEGRO, A LOMO DE MULAS...»


«EL VERDADERO PROGRESO SÓLO PUEDE DARSE EN UN CONTEXTO: A ESCALA HUMANA.»
DIBUJO DE GÉNESIS CANALES (9), ALUMNA DE 4º BÁSICO EN LA ESCUELA EL MELOCOTÓN EN EL AÑO 2010.


VERSOS DE LA CANCIÓN FOLKLÓRICA
DEDICADA A LAS VÍCTIMAS DEL TEMPORAL


QUÉ LE PARECE AMIGAZO
MEDIO TRISTÓN APARCERO
EN ESTA CANCIÓN AMIGO
ME RECUERDA A LOS ARRIEROS
QUE AL CRUZAR LA CORDILLERA
TODOS, TODITOS MURIERON.
ERA DIECISIETE ARRIEROS
GAUCHOS, HONRADOS Y BUENOS
ERAN TODOS MENDOCINOS
TODITOS ERAN DE ACERO.
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